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16 mar 2013

Un cuento nada chino

 

Acrílico sobre tela
Susan George, en El Informe Lugano, nos dibujó un escenario aterrador donde este absurdo sistema económico globalizado iría acabando con todo aquello que no sirviera a los intereses de esa minoría que acumula la mayor parte de la riqueza que el mundo genera. Un segundo Informe Lugano acaba de estallar, y el panorama que en él se vislumbra no parece nada halagüeño. Leyendo una reseña sobre el nuevo libro de Susan George, se me vino a la cabeza una historia que escuché hace mucho tiempo.

Cuentan los cuentistas que durante el reinado de K, en la provincia de Z, vivió uno de los verdugos más fríos, rápidos y eficaces que jamás se haya conocido.
Dicen que aquel verdugo dedicó su vida a perfeccionar el arte de la decapitación con su bien afilada espada, hasta el punto de que los condenados a muerte rezaban para que fuese su certera mano la que les condujera al otro mundo.
A pesar de la fama de exquisito en la ejecución de su menester (fama que traspasaba fronteras), su familia, amigos y colegas de profesión no entendían por qué ni una brizna de alegría relucía en sus ojos después de ejecutar su trabajo de manera tan brillante y compasiva. Y es que el verdugo albergaba en su interior un íntimo deseo: decapitar sin que su víctima se diera cuenta de que su cabeza ya estaba cercenada.
Un día, llegaron tres convictos al patíbulo para ser ajusticiados y el verdugo, desenvainando su herramienta, comienza el trabajo. Erguidos y alineados en el patíbulo posan los condenados. Shxxxiassssssss. La cabeza del primer reo no tarda en rodar por la tarima. Ni un segundo pasa hasta que la cabeza del segundo corre la misma suerte. La multitud congregada en la plaza aplaude y jalea  al verdugo. Pasan varios segundos y el tercer condenado, sin entender por qué su carótida escupe sangre, empieza a quejarse:
-¿Qué esperas? Sé que tienes fama de evitar el sufrimiento a tu clientela. ¿Por qué no acabas de una vez conmigo?
El insigne matarife mira al reo y, esbozando una sonrisa por primera vez en su sanguinaria carrera, contesta:
-Haga usted el favor de inclinar ligeramente la cabeza. 
                                                    Dale al play
                                   O Sole Mio Funk (Bonustrack) by Cassandra Wilson on Grooveshark
                                          (Cassandra se atreve con todo)                                         

30 abr 2010

VUELVO ENSEGUIDA


Tengo que hacer unos mandados. Me podéis esperar sentados en la cama de Vincente o, sino, dad  un paseo por los campos de trigo verde de Arlés y Auvers ;  Saint-Rémy no queda lejos y empiezan a despuntar, embriagando con su aroma, las lavandas. No os arrepentiréis.
Llegaron los cincuenta francos que generosamente manda Théo; están debajo del colchón. Podéis cogerlos y os tomáis  una absenta, a mi salud, en el bar de abajo.


Seguramente encontraréis al Dr. Gachet en la mesa que está al fondo de la terraza, bebiendo su  menthe à l'eau y con su dedalera en la mano.


No sé cuánto tiempo tardaré en volver.  Voy a buscar a Vicente al que, después de discutir con Paul,  y lanzarme a la cara su media oreja ensangrentada, no he vuelto a ver ( estoy intranquila y temo que cometa otra insensatez). Aprovecharé para ir a Grasse y comprar esencias y perfumes porque, aunque me preocupe por Vicente, una meretriz nunca debe descuidar el negocio que aloja  en su cuerpo.
Si no podéis esperar, dejad una nota. Os agradezco vuestra paciencia.

Rachel.


 P.S.      En las tabernas que encuentre a mi paso, iré dejando dibujos que  un cliente, aficionado al pintamoneo, ha copiado de los extraordinarios autorretratos del Maestro. A ver si por fin descubro su paradero. Este hombre, que, en algunos momentos me colmó de placer, ¡ me va a matar a disgustos!





re- P.S.       Espero que  los vangoghianos sepan disculpar mi osadía por los burdos dibujillos que ilustran la entrada.

2 feb 2010

Queremos tanto a Rita

                                Aprendiendo las artes del aseo

Rita me adoptó cuando más la necesitaba, hace ya cinco años. Rita es mi perra. No me preguntes por qué me eligió a mí:  humano, sin pedigrí, con canas y huraño, como salido de una novela de Landero. Con tanto cachorro juguetón y blasonado como hay por ahí... No lo entiendo.
Después adoptó a Vicente, un gato siamés repudiado de una camada excesiva. Vicente también es huraño,  sin apego a nadie que no sea su  mentora.
Nuestra perra es grande, juguetona, alegre, extrovertida, cariñosa, y sus modales son exquisitos con los de mi especie. Nunca mete el hocico en la entrepierna de nadie hasta pasadas las dos cervezas.
Rita sufrió un accidente y está ingresada. La operaron hace cuatro días y, por fin, regresa hoy a casa.
No sé si podrá volver a tirarme el palo lejos e inventar juegos para que la persiga con la lengua afuera. Eso ya da igual.
Vicente y yo llevamos todo el día deambulando de un lado para otro, con movimientos nerviosos, él con espasmos rabunos desconocidos y yo...(cómo me gustaría tener un rabo largo para agitarlo alegremente cuando la vea).
Dentro de pocas horas volveremos a sentarnos frente a ella, a mirarla fijamente a los ojos implorando un lametazo.
Queremos tanto a Rita...