| Acrílico sobre tela |
Cuentan los cuentistas que durante el reinado de K, en la provincia de Z, vivió uno de los verdugos más fríos, rápidos y eficaces que jamás se haya conocido.
Dicen que aquel verdugo dedicó su vida a perfeccionar el arte de la decapitación con su bien afilada espada, hasta el punto de que los condenados a muerte rezaban para que fuese su certera mano la que les condujera al otro mundo.
A pesar de la fama de exquisito en la ejecución de su menester (fama que traspasaba fronteras), su familia, amigos y colegas de profesión no entendían por qué ni una brizna de alegría relucía en sus ojos después de ejecutar su trabajo de manera tan brillante y compasiva. Y es que el verdugo albergaba en su interior un íntimo deseo: decapitar sin que su víctima se diera cuenta de que su cabeza ya estaba cercenada.
Un día, llegaron tres convictos al patíbulo para ser ajusticiados y el verdugo, desenvainando su herramienta, comienza el trabajo. Erguidos y alineados en el patíbulo posan los condenados. Shxxxiassssssss. La cabeza del primer reo no tarda en rodar por la tarima. Ni un segundo pasa hasta que la cabeza del segundo corre la misma suerte. La multitud congregada en la plaza aplaude y jalea al verdugo. Pasan varios segundos y el tercer condenado, sin entender por qué su carótida escupe sangre, empieza a quejarse:
-¿Qué esperas? Sé que tienes fama de evitar el sufrimiento a tu clientela. ¿Por qué no acabas de una vez conmigo?
El insigne matarife mira al reo y, esbozando una sonrisa por primera vez en su sanguinaria carrera, contesta:
-Haga usted el favor de inclinar ligeramente la cabeza.
Dale al play
(Cassandra se atreve con todo)
