10 ene. 2010

Negrín.2

En septiembre llegó a casa, para pasar quince días, una perrita negra llamada Vina , sin blasón, como nuestra Rita. Quince días. Justo el tiempo que necesitaban sus propietarios para viajar a Senegal. Dicen ellos que para hacer turismo, aunque la realidad nos demostró que fueron a contraer una enfermedad tropical llamada dengue, algo así como un primo blandito de la malaria. En vez de contemplar las bellezas mandingas, entre otras bellezas arborescentes que el trópico les proporcionaba, nuestros amigos tuvieron que soportar altas fiebres, que en esas latitudes calurosas como que sientan peor.
El caso es que, Vina, la susodicha perra estuvo en celo los días que se alojó en nuestra casa, sí, en celo: ese prurito que hace desnortarnos irreparablemente. En todo momento temimos lo peor (o lo mejor, según el punto de vista, del amo o del perro). Negrín, el perro abandonado, descrito en el anterior pliego de cordel, ya llevaba comiendo en nuestra casa varios meses. Primera  necesidad  resuelta: estómago lleno. Pero todos sabemos la atracción que una hembra en celo ejerce sobre los perros sin castrar( me atrevo a pensar que una hembra en celo, independientemente de la especie a la que pertenezca, como mínimo, provoca desasosiego). Y el perro en cuestión empezó a buscar tan suculento premio encarnado en Vina, coqueta, casquivana y de voluptuosos andares, con su fiebre inguinal incorporada.

De nada sirvieron los cuidados por sustraerla del excitado animal. Al final, la perra, como era de esperar, (imaginad furtivas miradas perrunas, desaforados olisqueos sexuales, ese leve gesto del rabo como indicando propensión a… ¿quién no ha pasado por todo eso?), como decía, al final la perra no pudo soportar el continuo cortejo amoroso del apuesto bicho, y cayó en sus garras, o bajo ellas. Supongo. Yo me alegro por el calenturiento animal, por la calma que sentiría al saciar su sed,  pero no pude dejar de pensar en las consecuencias que podían derivarse de aquella lúbrica historia.
Cuando nuestros amigos llegaron de las vacaciones, ¿vacaciones, digo?, más delgados y asqueados, los pusimos al corriente. Existía la posibilidad de que aumentara la familia canina en su terraza. “No, hombre, cómo se os ocurre pensar que Vina… ya tiene una cierta edad y su carácter es reservado y familiar, ella no osaría…”. Y tan tranquilos se fueron con su perra. Aunque más satisfecha estaba ésta última. Creemos que fueron los mejores quince días de su vida. En cambio, sus dueños nunca olvidarán sus vacaciones en hospitales senegaleses. Qué vida vida de perros.
El otoño mermaba los días  mientras las tetas de Vina crecían... y las dudas de nuestros amigos fueron disipándose en el corto espacio de tiempo que dura el embarazo de un can. (Continuará)

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