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| Mirando al mar. Acrílico sobre papel encolado. |
Cuando el Museo Guggenheim de Nueva York abrió sus puertas, allá por los años cincuenta, el diseño del edificio fue menospreciado por un amplio sector de la comunidad artística, aduciendo que, a causa de su morfología, era muy difícil colgar allí las pinturas (el marchante de Rothko se quejó manifestando que los enormes lienzos del pintor apenas tenían sitio para ser expuestos). Teniendo en cuenta que por aquella época los artistas de la Escuela de Nueva York copaban las principales galerías de Arte, cabe pensar que los "inventores" y marchantes del Expresionismo abstracto fueron los principales detractores del edificio proyectado por Frank Lloyd Wright. Cuando los inconsistentes argumentos de falta de espacio llegaron a oídos del director del museo, éste contestó que los artistas harían bien en adaptarse a las dimensiones de las salas si exponer querían (las malas lenguas dicen que apostilló que su museo no era para pintores de brocha gorda y rodillo -Rothko y Pollock estaban en su cabeza-, sino para artistas de fino pincel). Imagino que muchos artistas (y sobre todo sus mentores) se volvieron quejumbrosos cuando vieron el interior del edificio, porque quizá pensaron que la imponente belleza de aquel atrio en espiral restaría protagonismo a la discutible calidad de las obras que allí querían colgar.
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| Guggenheim de N.York. Interior. |
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| Guggenheim de N.York. Exterior. |
| Pero la divina providencia,
disfrazada de oportunismo (o al revés) y ayudada por la tecnología y el
nuevoriquismo encumbró arquitectos megalómanos para
que nos construyeran, entre otras cosas, franquicias museísticas. Y así
como el museo de Lloyd Wright en Nueva York creció proporcionado,
original y funcional, su homólogo bilbaíno, por obra y gracia de Frank
Gehry, lo hizo de una manera extravagante, desproporcionada y... cara.
Muy al gusto de los nuevos viejos tiempos. La primera vez que estuve ante las puertas del Guggenheim bilbaíno (2005), quedé deslumbrado, como casi todo el mundo, a pesar de ver en él una copia maquillada del Walt Disney de Los Ángeles -que, aunque se construyó después del museo de Bilbao, se diseñó mucho antes-. Hoy tengo la sensación de que Gehry dejó de diseñar para empezar a copiarse cansinamente. Su museo de Bilbao ya ni me deslumbra ni me alumbra (lo siento). Pero me alegra saber que muchos bilbaínos disfrutan de los réditos que el turismo cultural les aporta, y que Bilbao, gracias al monstruo de titanio, sea conocido en medio mundo. Aunque mucho me temo que la masiva afluencia de público a sus instalaciones tiene más relación con las delirantes curvas de hojalata que con el Arte; la mayoría de sus visitantes ni siquiera saben que muy cerca, a un tiro de piedra del gigante, se encuentra el Museo de Bellas Artes con una fabulosa colección permanente. |
Tampoco niego que, a diferencia de su hermano mayor neoyorquino, los inmensos espacios diáfanos del Guggenheim están más preparados para albergar al nuevo Arte Contemporáneo, tan proclive al mamotretismo (no me extrañaría que algún día viéramos programada en el museo una ópera de Tchaikovsky interpretada por un ejército de retroescavadoras) .
Al calor del efecto Bilbao, los gobernantes de todas las Comunidades Autónomas también quisieron tener un museo icónico, singular, con firma, que atrajera visitantes porque, como reza un tópico moderno, "en las sociedades postindustriales la cultura es un bien de consumo y una parte esencial de la economía”. No bastaba, para atraer visitantes, que España sea el segundo país del mundo que cuenta en su territorio con más ciudades y monumentos declarados Patrimonio de La Humanidad. Riqueza cultural que nuestros representantes nunca han sabido explotar y difundir. Y, bajo estúpidas premisas, por arte de birlibirloque o por sustanciosas comisiones, en España proliferan los museos como las clamídeas en un puticlub. Más de mil (la cifra aún está por aclarar) yacen esparcidos por toda la geografía. ¿Qué se expone en ellos? Muy seguros no estamos. Pero lo que sí imaginamos, no sin sentir vértigo, son los ceros impresos en las facturas de agua, gas y electricidad de esos museos que los españolitos de a pie pagamos sin rechistar en aras de la “cultura”.
Llámame insensible, pero yo empiezo a cansarme de tanta singularizad museística y de tropezarme en sus grandes salas con montones de ferralla o cascotes amontonados en sutil composición que nos sugiere la fugacidad de la existencia.
Pero pensándolo más a fondo, y viendo que algunos de esos grandes templos de la modernidad suelen estar abarrotados, es posible que nuestros gobernantes y su legión de carísimos consejeros no vayan tan desencaminados: nos han construido tantos museos de Arte Moderno para que saquemos a pasear, de vez en cuando, a ese idiota que todos llevamos dentro.
Para rematar el tostón, si quieres, dale al PLAY del audio (juro que no es una pieza de Philip Glass sino un tema que ni pintado para este post). Tú verás.











