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| Valdés como pretexto. Madera, piña y calabaza. |
La comunidad gay
francesa, a pesar de que su país posee el copyright del lema
“Liberté, égalité, fraternité”, cansada de que otros países
de menos alcurnia lleven ventaja en materia de derechos
civiles, por fin ha desenterrado el hacha de guerra para exigir una
ley que les equipare jurídicamente al resto de sus conciudadanos.
Atareados andan los políticos poniendo los puntos sobre las íes a
la nueva ley sobre matrimonio entre homosexuales.
Como era de esperar, las asociaciones en defensa de lo que ellos llaman familia tradicional han levantado la voz organizando una multitudinaria manifestación en contra de la futura ley. Nada que no conozcamos por estas latitudes. Todo previsible. Aunque una curiosidad se ha colado entre las páginas de los periódicos y del cuché: Luis Alfonso de Borbón el aspirante al trono de Francia (de no ser Francia lo que es) se convirtió, con sus exquisitas declaraciones, en uno de los adalides de la manifestación. Sopesen ustedes tan ingrávidas perlas: "Nuestros políticos no pueden tomar la responsabilidad de redefinir las leyes inmemoriales de la naturaleza humana. (...) Ciertos principios inmutables como la unión de un hombre y una mujer (...) no pueden cuestionarse" (como si alguien estuviera cuestionado la unión de un hombre y una mujer. Ni siquiera se cuestiona la unión entre un hombre, una mujer y la burra del tío Aquilino. Allá cada uno).
Luis Alfonso, el mozo pancartero y cuasiregio, es fruto de un matrimonio de conveniencia formado por el Duque de Cádiz y Carmencita, una nieta de Franco. Todo un ejemplo del concepto de familia tradicional que siempre se ha manejado entre sus ascendientes; por no mencionar las tradicionales relaciones incestuosas que practicaban en su borbónica familia, verbigracia el matrimonio entre la reina Isabel II y su primo hermano Francisco de Asís de Borbón (también duque de Cádiz).
Cuentan las gacetillas que cuando le dijeron el nombre del que iba a ser su futuro marido, la reina Isabel II exclamó: Nooo, con la Paquita no. Y es que, a don Francisco, los recios mozos de la Guardia Real le provocaban incontenible emoción. Con el tiempo, la Reina y su marido aprendieron a compartir no solo rimmel, pintalabios y finas braguitas de holanda, también supieron compartir gallardos alabarderos. No obstante, la Paquita, para acallar lenguas y seguir con la tradición, supo cortejar -y preñar- a varias damas de Palacio. Porque lo cortés no quita lo caliente, debía de pensar.
De esa regia familia tradicional, y de la familia Franco, con férreos "principios inmutables", procede Luis Alfonso, el aspirante al trono de Francia.
Sé que no tengo derecho a dudar (o sí) de que ese muchacho cree en los principios que proclama, aunque tan tenaz defensa de los valores tradicionales me huele a interés: imagino sus ojos posados sobre el trono al que aspira, con el nombre de Luis XX, sin pensar que quizás en la Conciergerie todavía refulge el acero de las guillotinas.
Una cosa te digo, Luis Alfonso: Que otros elijan caminos distintos a los tuyos no menoscaba tu masculinidad ni pone en peligro tu sexualidad, no temas; los homosexuales sólo quieren tener los mismos derechos que tú: unas aspiraciones más sencillas y entendibles que tus surrealistas anhelos de querer ser Rey de Francia.
Y otra cosa más importante quiero decirte: Si algún día tienes un niño "mariquita", no te preocupes. Somos muchos los que trataremos, con nuestras reivindicaciones, de que, por ser "diferente", no le escupan sus compañeros en el patio del colegio: una tradición tan indecente como tantas otras.
Como era de esperar, las asociaciones en defensa de lo que ellos llaman familia tradicional han levantado la voz organizando una multitudinaria manifestación en contra de la futura ley. Nada que no conozcamos por estas latitudes. Todo previsible. Aunque una curiosidad se ha colado entre las páginas de los periódicos y del cuché: Luis Alfonso de Borbón el aspirante al trono de Francia (de no ser Francia lo que es) se convirtió, con sus exquisitas declaraciones, en uno de los adalides de la manifestación. Sopesen ustedes tan ingrávidas perlas: "Nuestros políticos no pueden tomar la responsabilidad de redefinir las leyes inmemoriales de la naturaleza humana. (...) Ciertos principios inmutables como la unión de un hombre y una mujer (...) no pueden cuestionarse" (como si alguien estuviera cuestionado la unión de un hombre y una mujer. Ni siquiera se cuestiona la unión entre un hombre, una mujer y la burra del tío Aquilino. Allá cada uno).
Luis Alfonso, el mozo pancartero y cuasiregio, es fruto de un matrimonio de conveniencia formado por el Duque de Cádiz y Carmencita, una nieta de Franco. Todo un ejemplo del concepto de familia tradicional que siempre se ha manejado entre sus ascendientes; por no mencionar las tradicionales relaciones incestuosas que practicaban en su borbónica familia, verbigracia el matrimonio entre la reina Isabel II y su primo hermano Francisco de Asís de Borbón (también duque de Cádiz).
Cuentan las gacetillas que cuando le dijeron el nombre del que iba a ser su futuro marido, la reina Isabel II exclamó: Nooo, con la Paquita no. Y es que, a don Francisco, los recios mozos de la Guardia Real le provocaban incontenible emoción. Con el tiempo, la Reina y su marido aprendieron a compartir no solo rimmel, pintalabios y finas braguitas de holanda, también supieron compartir gallardos alabarderos. No obstante, la Paquita, para acallar lenguas y seguir con la tradición, supo cortejar -y preñar- a varias damas de Palacio. Porque lo cortés no quita lo caliente, debía de pensar.
De esa regia familia tradicional, y de la familia Franco, con férreos "principios inmutables", procede Luis Alfonso, el aspirante al trono de Francia.
Sé que no tengo derecho a dudar (o sí) de que ese muchacho cree en los principios que proclama, aunque tan tenaz defensa de los valores tradicionales me huele a interés: imagino sus ojos posados sobre el trono al que aspira, con el nombre de Luis XX, sin pensar que quizás en la Conciergerie todavía refulge el acero de las guillotinas.
Una cosa te digo, Luis Alfonso: Que otros elijan caminos distintos a los tuyos no menoscaba tu masculinidad ni pone en peligro tu sexualidad, no temas; los homosexuales sólo quieren tener los mismos derechos que tú: unas aspiraciones más sencillas y entendibles que tus surrealistas anhelos de querer ser Rey de Francia.
Y otra cosa más importante quiero decirte: Si algún día tienes un niño "mariquita", no te preocupes. Somos muchos los que trataremos, con nuestras reivindicaciones, de que, por ser "diferente", no le escupan sus compañeros en el patio del colegio: una tradición tan indecente como tantas otras.
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