Pasé cinco intensos días en el Amazonas y ni por un momento mis glándulas sudoríparas dejaron de trabajar. Por las mañanas, después de la ducha, utilizaba la misma cantidad de desodorante que de antimosquitos, y mi pituitaria sigue aún lesionada por soportar aquella mezcla de aromas.
Para conocer la selva amazónica elegí un punto en el mapa donde convergen tres países. El aeródromo donde aterrizamos pertenece a Brasil, la población donde me alojé forma parte de Colombia y el lugar de mis comidas olía a sazón peruana. Leticia se llama el pueblo donde me hospedé, igual que nuestra
prinzesa pero sin la z, sin corona y con un futuro algo más sombrío. Para cobijarme, elegí el hotel Anaconda, porque su nombre me remitía a los cuentos que, sobre la selva, escribió Horacio Quiroga.
Nunca he conocido un lugar tan inhóspito y con tan poco olor a literatura.
Hice todo aquello que se espera de un turista: me desplacé río arriba y abajo, observé los dientes de una piraña, vi delfines ciegos, caimanes, guacamayos y monos de una fealdad indescriptible; durante veinticuatro horas conviví con familias indígenas que sobrevivían cultivando yuca y pescando pirarucú. Huelga decir que carecían de todo aquello que nosotros,
los occidentales, consideramos imprescindible.
Una picadura (que en el trópico duele como una mordedura) hizo que tuviera que desplazarme al único hospital de la zona y, a la salida, una mujer me explicó que hacía varios días que los médicos tenían retenido a su marido y que no lo
soltarían porque ella no poseía dinero para pagar las curas que le habían realizado. Y así lo corroboraron algunos familiares de enfermos que se encontraban en la misma situación. Por lo visto, es una práctica habitual secuestrar a los pacientes (no darles el alta) hasta que alguien pague la deuda que el enfermo contrae con el servicio médico; los que lograban zafarse sin pagar eran expuestos, para escarnio público, en listas chincheteadas en la puerta del hospital o del consultorio médico.
Todos los días mueren miles de personas que, de vivir en
nuestro mundo, podrían salvarse con una simple visita a su médico de cabecera. Qué os voy a contar que no sepáis.
El sarpullido de mi brazo se curó con la dosis pertinente de corticoides que me inyectaron. Pero creo que el aguijón seguirá siempre ahí.
Me ilusiona ver lo que está ocurriendo en la Puerta del Sol. Yo también creo que ya era hora de salir a la calle y reivindicar mejoras en el sistema democrático, más justicia, más participación ciudadana, más... Me ilusiona pensar que lo que se pide en Sol es algo que trasciende crisis coyunturales, y que queremos un cambio estructural porque el sistema actual no funciona. Me ilusiona pensar que estamos reclamando algo más que todo aquello que perdimos con la crisis, el trabajo entre otras cosas, pero sobre todo, me ilusiona pensar que para conseguir objetivos de hondo calado ya somos maduros y conscientes (¿o no lo somos?) de que tendremos que prescindir de aquellas enormes regletas eléctricas donde enchufábamos infinidad de aparatejos que lo único que hacen es sobrecargar la red.